2 dic. 2010

El nombre de la rosa


Arquitectura de culto


La novela de Umberto Eco nos sitúa en pleno invierno, en una abadía benedictina del norte de Italia en el S.XIV. Los caminos que conducen a la abadía son barrizales, franqueados por inmensos árboles deshojados que recogen entre sus ramas los restos de las nevadas de los últimos días. En la abadía, los monjes discurren por los pasillos, entre sombras humeantes y destellos generados por las velas. De fondo se oyen los maitines de primera hora que reverberan entre los muros.

 
Melción & Zulueta Arquitectos 1997


En 1997 tuve la oportunidad de visitar y alojarme en el convento de La Tourette en Eveux-sur-Arbresie. Es un edificio del 1957 realizado por Le Corbusier y el colaborador Iannis Xenakis. Era invierno y hacia muchísimo frío. Llegamos a los alrededores del convento a las ocho de la tarde y era de noche. Recuerdo un camino de acceso enfangado en un ambiente tenebroso. El viento rugía y zarandeaba con vehemencia los árboles desnudos. De golpe, entre las sombras en movimiento apareció un mamotreto de hormigón imponente coronado por un inmenso cubo, también de hormigón, en equilibrio. Era el campanario. Jamás olvidaré esta imagen tan brutal. Como arquitecto puedo deciros que viví un momento sublime. Después de eso nada fue igual.


 
Melción & Zulueta Arquitectos 1997

 
Melción & Zulueta Arquitectos 1997

 
Melción & Zulueta Arquitectos 1997


Golpeamos con fuerza el picaporte de la entrada y nos abrió un monje, que sin mediar palabra nos invitó a entrar. No hay palabras, no hay imágenes, para describir este escenario. La Arquitectura, con mayúscula, te absorbe y te consume. Fuimos alojados en celdas individuales alargadas, desnudas y revestidas de superficies rugosas muy ásperas. Son estancias frías que te expulsan y te obligan a ganarte con esfuerzo el recogimiento. Al alba, entre los cánticos matinales de los monjes dominicos, los primeros rayos de luz se cuelan entre las fisuras arquitecturizadas e inciden sobre las superficies cambiantes. Patrullas de monjes cubiertos con  modestos atavíos cruzan cabizbajos en silencio. El espectáculo es sencillamente bestial.

El claustro es un inmenso espacio ocupado por una sucesión de volúmenes, cuerpos de geometrías diversas que levitan. A la luz del día, los volúmenes arrojan sombras violentas unos contra otros. Es una coreografía perfecta, estudiada con precisión, donde el tempo lo marca la Arquitectura.


 
Melción & Zulueta Arquitectos 1997

 
Melción & Zulueta Arquitectos 1997

 
Melción & Zulueta Arquitectos 1997

La iglesia es una gran nave prismática de hormigón visto. De tonalidades grises y tacto frío muy frío. Es un gran contenedor de almas, que condensan al contacto con el hormigón. El olor a humedad es intenso. Al principio el espacio te rechaza, te expulsa y con el tiempo te absorbe y te inmoviliza. Desde aquí descendimos a la capilla. Sosiego, paz, un espacio de tránsito o comunicación con otro mundo. Luces de colores provenientes del cielo inundan la sala en un ambiente celestial.

La Arquitectura se ha de vivenciar, tocar, escuchar, ver y oler. Cuando desde ella eres transportado a otro mundo entonces trasciendes y ya nada es igual.

 
Melción & Zulueta Arquitectos 1997

 
Melción & Zulueta Arquitectos 1997

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